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¿Cómo prepararse para cuando los hijos se van?
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Acerca del autocuidado - Cuidado de mi mismo y de mi entorno
Miércoles 20 de Octubre de 2010 12:36
consuelo  Una de las grandes diferencias entre hombres y mujeres es la capacidad biológica y psicológica para ser madres, que tenemos las mujeres. Si bien el padre tiene una función fundamental e importante, el hecho de albergar en nuestro cuerpo a un nuevo ser, es una experiencia que un hombre no podrá comprender jamás, sencillamente porque no la puede vivir. Sentir que tenemos la posibilidad de albergar vida, de alimentarla desde la pequeña celulita fecundada hasta el bebé listo para nacer, es algo natural y cotidiano porque todos los seres humanos hemos iniciado nuestra existencia de la misma forma, pero al tiempo es una de las vivencias más sublimes que puede existir.
Es por ello que el momento del alumbramiento es un momento de felicidad, pero al tiempo de tristeza, de vacío, de pérdida, de transformación de algo hermoso que era parte integral de nuestro cuerpo, a otro ser con vida propia, a quien nos cuesta trabajo entender e interpretar, así amemos con todo nuestro corazón. Esta pérdida, sumada a la carga de nuevas responsabilidades y a los temores de qué tan buenas madres seremos, es lo que configura una situación emocional de alta vulnerabilidad que en algunos casos llega a configurar una depresión postparto.

A partir del momento del nacimiento, con o sin depresión, con las habilidades y limitaciones que cada una tengamos, y si somos afortunadas, con el apoyo de un padre amoroso y solidario, nos dedicamos durante los siguientes años a acompañar a ese nuevo ser en cada momento de su desarrollo: sus primeras sonrisas, balbuceos, pasos, juegos, el preescolar, volver a descubrir el mundo a través de sus ojos, sus enfermedades, el colegio, los amigos, los paseos, los accidentes, los deportes, la música, sus expresiones literarias, las innumerables pilatunas, las pérdidas y logros académicos, los amores, el paso a la universidad, el inicio de la vida laboral, etc., etc.

Todo lo anterior corre en paralelo con nuestra propia existencia, con el ser mujeres, esposas, estudiantes, trabajadoras, amas de casa, amigas, hijas, hermanas, pero siempre madres primero que todo. Es realmente una vida agitada y más cuando se tiene no un hijo sino varios, y cada uno tan diferente como lo son los dedos de una misma mano. Un buen día, este ritmo loco para y es como si el tren hubiera llegado a su destino. Volvemos a estar solas y libres en la vida como antes del primer embarazo. Nuestros hijos han crecido, cada uno toma su camino y lo que durante muchos años fue nuestra prioridad, ya tiene vida independiente, autónoma y no nos necesita.

Este es un segundo parto, que también nos llena de alegría, pues vemos que cada uno hace su vida, se proyecta hacia lo que sueña, encuentra sus amores y actividades productivas, pero al tiempo deja un vacío enorme, nuestras entrañas vuelven a doler y se desgarran por la separación en la convivencia. Los espacios que ellos llenaban ahora están vacíos, sólo hay recuerdos que nos transportan a momentos compartidos que nos cuesta creer que ya no existen. Este dolor y pérdida también lo viven los padres, pero al igual que el parto, de una manera muy diferente, porque el vínculo madre – hijo tiene desde el inicio de la vida, un tinte muy especial, tan especial como puede ser el compartir el vientre materno durante 9 meses.

No obstante, a pesar del dolor, esta etapa de la vida nos abre nuevas oportunidades, pues enfrentamos otra vez la libertad para gozarnos el amor y otras tantas cosas que dejamos por el camino cuando estuvimos criando. Esta puede ser una segunda adolescencia, llena de vivencias maravillosas e insólitas, pero vividas con madurez, tranquilidad, con menor temor al fracaso o a la crítica y liviana de responsabilidades.

Es importante prepararse desde años atrás para la etapa del nido vacío, porque lo sano es que los hijos hagan su propio nido. Para ello es necesario mantener cercanía con amigos y amigas, una relación amorosa que nos alimente y nos permita crecer hasta el fin de nuestros días, actividades recreativas, deportivas, culturales que nos gratifiquen y otras en las que nos sintamos útiles para la humanidad, que le den sentido a nuestra vida. Los libros, la música, la naturaleza son excelentes compañeros para la tranquila soledad. Además, y como un premio a tanto desprendimiento y dolor, pueden llegar los nietos que son otra bendición de la vida porque nos permiten reconectar con toda la experiencia materna, pero sin la carga y responsabilidad que tuvimos como madres.

Preparémonos para esta etapa de nuestras vidas, cultivando siempre lo que amamos y gozamos. Es nuestra responsabilidad, no la de nuestros hijos o la de nuestro compañero de vida.

 
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