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A menudo la adolescencia es percibida como una de las etapas más complejas de la vida y es temida tanto por por padres y madres como por docentes. De la misma manera los chicos y chicas se sienten como verdaderos “aliens”. Sus cuerpos crecen desmesuradamente sin preguntar por las proporciones. Piernas y nariz se ponen de acuerdo sin consultar con el peso corporal, empiezan a salir incómodos pelos por aquí y por allá, el acné asalta sin permiso el rostro de jovencitas y jovencitos. La mente, que de por sí es bastante inquieta, en este momento se dispara y los padres pierden la magia que para los hijos tuvieron en la infancia.
Y es cierto. Tanto en la pubertad, como en la adolescencia hay cambios en la manera de pensar y de pensarse; cambios de comportamiento en el ámbito de las relaciones con los adultos, y con sus grupos de amigos; cambios en la manera de relacionarse con el medio, incluyendo la escuela; cambios en su comportamiento frente al erotismo y la sexualidad, todo esto acompañado por confusión, ambivalencia, temor, y dificultad para comprender y expresar eso que les está pasando.
El medio adulto, representado fundamentalmente por la familia y el colegio, desde su propia confusión y angustia, responde con rechazo, crítica y exigencias ante su incapacidad para contener…En medio de este barullo, se desarrolla la tarea central de ésta época de la vida: la búsqueda de una identidad.
Erickson define a la identidad como “una concepción coherente del yo, formada por metas valores y creencias, con las cuales la persona está sólidamente comprometida”. Además de una “reprogramación biológica” hay una “crisis vital normativa” de las que este ser en transformación debe salir avante para llegar a ser un joven integrado.
En este proceso los adultos podemos crear un clima favorable buscando información, abriendo espacios, agudizando la escucha, y conteniendo con mucho amor, para que del capullo salga una bella mariposa con alas nuevas, que en su vuelo vaya identificando su horizonte, su sentido de vida. |